El segundo círculo

XVI Premio Internacional de Novela Luis Berenguer.

Publicada por Algaida, Sevilla, 2007.

La crítica ha dicho:

“El narrador presenta una cuidadosa y detallada descripción, lógica y racional, de las acciones, las palabras y las entonaciones de los personajes con un ritmo dramático excelente. Escenarios muy visuales descritos con expresividad y gran intencionalidad”.
Lluis Satorras. Babelia. El País

“Un sentido de la narratividad muy cinematográfico. Una novela muy bien estructurada que muestra lo que puede dar de sí el autor”.
Juan Ángel Juristo. ABCD las Artes y las Letras. ABC

“Pérez Zúñiga ensaya un intenso diálogo entre la vida y la muerte, entre el presente y el pasado”.
Pedro Domene. Ideal de Granada

“Una escritura lúdica y simbólica de imaginería atrevida”.
Amalia Bulnes. Revista Mercurio

“Autor de un cuidado volumen de cuentos y de dos llamativos poemarios, Pérez Zúñia presenta ahora un itinerario muy personal por el segundo círculo, aquél descrito por Dante”.
Juan Manuel González. La Clave

Comienzo de la novela:

{Pasamos sobre el cementerio y las pizarras de Lumbres. Veníamos desde los rayos del sol que acababa de amanecer sobre la Sierra Negra, una gigantesca sombra de barro y minerales. Ayer habíamos escuchado la fiesta que inauguraba la urbanización –como si estuviéramos sumergidos en el mar más profundo y alguien tocara un tambor fuerte y alegre en la superficie- y ahora veníamos sobre el césped de la piscina desierta que tenía forma de pentágono –como si el diseñador hubiera seguido las instrucciones de una profecía-; veníamos sobre la pista de tenis ocupada ya por los dos veraneantes más madrugadores, que estrenaban zapatillas, raquetas y el suelo ocre que pisaban; veníamos sobre los jardines de flores importadas, sobre las placas solares de los tejados, negros también como los campos y el pueblo, Lumbres, casi en abandono, negros como el nombre propio de la urbanización, Sierra Negra, que había sido robado a la montaña. Y esperamos a que todo el mundo estuviera despierto.}

El abdomen de Sandra se apoyaba sobre la encimera de la cocina, las caderas bajo el empuje de Joan, quien la había asaltado cuando fregaba los platos del desayuno y de la cena de la noche anterior. El grifo seguía totalmente abierto sobre una fuente a medio enjuagar: gotas de agua salpicaban el rostro de Sandra y la piel de su garganta, que Joan lamía y mordía –su puño aferrado a los largos cabellos de un rubio casi blanco, apartándolos hacia el otro lado de la cabeza-. Humedad, ahora en el reino de la humedad, pensó Sandra, que había sentido el ataque de Joan cuando estaba concentrada en rascar una sartén y sólo tuvo que dejarse hacer, igual que el agua del grifo no pararía de fluir mientras no se cerrara, pero yo no pienso cerrarme. Las manos de Joan acariciaron sus senos hacia abajo y luego los apretaron hacia arriba, como queriendo aumentar su tamaño. Y entonces esa carne –la escondida, la vigilante-, fue comprendida –abierta, completada-, por otra carne, ansiosa y fuerte, demasiado fuerte.

- Ten cuidado –gimió Sandra.

Joan, estimulado por esas palabras, azotó tibiamente con la palma de la mano la nalga derecha de Sandra.

- Canalla –dijo ella sonriendo.

Y, como si el agua del grifo hubiera salpicado demasiado alto, Joan recibió sobre su nuca un frío ¿una sombra pelirroja? que penetró por su columna tirando de él hacia atrás y apartándolo de Sandra.

Joan contempló un instante la desnudez de aquellas nalgas donde iba apareciendo la marca de unos dedos.

- Qué haces –preguntó ella.

- Nada, te miro –respondió Joan para justificarse pero sin entender lo que estaba ocurriendo, si es que había ocurrido algo.

La ventana se cerró de golpe y, con la cabeza hundida en la almohada, bajo las maniobras de Ramón para introducirle la lengua en la oreja, Helena buscó a ciegas el interruptor que había junto al cabecero de la cama hasta que logró activar el ventilador del techo. Ramón no parecía darse cuenta del aire que se arremolinaba sobre él como el de un helicóptero. Estaba concentrado en manosear la carne pecosa y madura de su mujer al tiempo que, entre las piernas de ella, controlaba su propio vaivén para no vaciarse demasiado rápido. Helena sabía que Ramón se esforzaba con sinceridad y que ese esfuerzo de su marido iba a acabar otra vez en fracaso, aunque no era ésa la razón de que se sintiera bastante ajena a lo que él hacía con su cuerpo. En una mesa de operaciones, anestesiada, hubiera recibido algo similar. Quisiera quererte, quisiera desearte. Pero no era la falta de anestesia, sino aquel calor donde se fundían los sudores de ambos apenas sofocantes justo hasta ese momento. Porque ahora se enfriaban. Con la ventana abierta encima de la cama no corría ni un soplo de aire hacía un instante y, sin embargo, se había cerrado con tal estrépito que Helena pensó que Ramón había buscado apoyo en el cristal para equilibrar el exceso de kilos con que operaba sobre ella. Sin embargo, los codos de Ramón continuaban aplastando la almohada encarcelando mi rostro. Helena movía la cabeza a un lado y a otro para ver consecutivamente un paisaje simétrico: los grandes antebrazos de su marido poblados de pelos castaños. Él no se había percatado ni del movimiento de la ventana ni de las aspas del ventilador. Él se ofuscaba en terminar su quehacer. En la minería, con un pico y una pala, se hubiera comportado de idéntico modo. Eso es lo de siempre, ahora hay algo distinto. Helena se sentía vigilada.

El ventilador ha puesto en marcha una cámara secreta. “Una urbanización dotada con la última tecnología en el hogar”, recordó de las palabras del promotor. O es que hay un fotógrafo tras la espalda de Ramón. O es que han vuelto los niños.

- ¡Quita, quita! –gritó Helena.

Y Ramón se incorporó con torpeza, jadeante, facilitando el hueco para que su mujer se asomara en dirección a la puerta. Helena sostuvo un momento el silencio y luego dejó caer la cabeza en la almohada, donde Ramón volvió a apoyar los brazos, tensos esta vez. Sin palabras: se limitaba a mirarla interrogante, sin haber recuperado el ritmo normal de la respiración.

- Perdona –dijo Helena-, pensé que de pronto habían regresado Lorenzo y Naná.

Por toda respuesta recibió una gota de sudor sobre la cara, que había caído desde la frente de Ramón.

De esa gota sólo le importó la temperatura, ahora extrañamente helada. Helena fijó la vista a un lado del colchón. No conseguía ver nada fuera de lo normal: el suelo de conglomerado claro, el armario de conglomerado oscuro.

Lorenzo y Naná caminaban en bañador por el perímetro del pentágono azul, una línea de espuma endurecida donde acababan las pequeñas olas que nacían en las zambullidas de las muchachas.

- ¿Te acuerdas del principio de Arquímedes? –preguntó Lorenzo.

- El cuadrado de la hipotenusa por el no sé qué de los catetos… El empollón eres tú.

- Así te han suspendido las matemáticas. El principio de Arquímedes es ver cómo esas tías tan buenas se bañan en la piscina. ¿Ves? Se tiran y el agua sale despedida hacia arriba y se desborda. Todo cuerpo sumergido en un líquido desaloja el volumen equivalente al peso de esas tías.

Lorenzo señaló con su brazo moreno y delgado a aquellas casi niñas, que eran un poco mayores que ellos. Pero ellos ya no se consideraban unos niños. Tenían trece años y una docena larga de secretos. Lorenzo levantó el otro brazo y Naná contempló cómo se lanzaba de cabeza a la piscina hacia donde las muchachas en biquini se turnaban para saltar en diferentes posturas, algunas imitadas de los campeonatos de gimnasia acuática de la televisión, otras inventadas, festivas, muchachas inalcanzables.

Observó el cuerpo de su primo bajo el agua, largo, deformado por el sol que espejeaba sobre la superficie; lo vio irrumpir entre las chicas que se bañaban; lo vio decir algo a una de ellas; vio que rieron; y Lorenzo, volviendo el rostro, le hizo un gesto para que él también se les uniera.

Naná anudó las cintas de su bañador por miedo a que se le bajara al tirarse de cabeza pero, contemplando cuánto se acentuaba la carne de su cintura sobre la tela, terminó por sentarse en el filo de la piscina.

Lorenzo saltaba por una pelota roja que las chicas, ahora todas en el agua, se lanzaban entre sí en un juego que Naná conocía bien y que consistía en marear al que estuviera en el centro. Pero Lorenzo, en lugar de emplearse a fondo en atrapar la pelota, hacía lo posible por inclinar su salto de tal manera que cayese encima de alguna de las chicas, la cual entonces lanzaba un grito que fingía decencia tanto como expresaba euforia.

Sentado en el filo de la piscina Naná empezó a mover los pies en el agua, y cada pie, mientras uno subía y otro bajaba, parecía decirle: tú también podrías atreverte, tú también deberías atreverte, Naná-poca-cosa, hasta mamá te llamaba así, cuando ese chapoteo se confundió con el de su primo, que se acercaba nadando.

- Qué haces ahí, vente -exclamó Lorenzo sacando la cabeza del agua, alegre y con los ojos enrojecidos por el cloro-; me estoy hinchando de tocar tetas.

Y Naná se zambulló siguiendo la estela burbujeante de las piernas de Lorenzo hasta encontrarse en el centro del grupo de las niñas: ojos brillantes, sonrisas bonitas, caras con granos, cabellos que descendían sobre sus frentes como algas.

La pelota  comenzó a volar sobre ellos y Lorenzo buscaba aquellas otras esferas, escurridizas, con una mano que les caía encima hacia atrás o hacia delante según fuera la trayectoria del lanzamiento; Naná buceaba después de fingir cada salto, observándolas desde debajo del agua: llenaban la parte superior del biquini, de color naranja fuerte, verde fuerte, amarillo sobre la piel morena, muchachas inalcanzables.

Y si las toco debajo del agua, pensó Naná, ha sido un pez debajo del agua.

Y cuando se sumergió esta vez con una primera determinación de venir buceando como un espía, ladrón de un instante de esa carne blanda, redonda, que se movía acuática y firme, Naná sintió –como si recibiera una información precisa, indiscutible- que resultaba mucho más fácil seguir hundiéndose, esforzar las brazadas en el fondo azul para alejarse del movimiento de allá arriba, que generaba de manera simultánea el deseo en el interior de uno –como un anzuelo que traspasara y tirara de la carne- y la necesidad de que éste fuera aprobado por otro, muchachas inalcanzables.

Este pensamiento aceleró las brazadas que le condujeron todavía más abajo, hacia un doble fondo –le pareció- que acabaran de abrir para él en la piscina. Allá lejos, arriba, vio las plantas de los pies, blancas, más que el resto de la piel cuya forma apenas distinguía.

Porque luchaba por quedarse y le faltaba la respiración pero no la voluntad de seguir siendo un testigo invulnerable y salvado en aquel fondo de la piscina sin sonido, desde el que contemplaba la luz del sol filtrada en maravillosos haces, que interrumpían y matizaban y modelaban con sus piernas –una carne cónica y suavísima que él jamás tocaría- los juegos de las muchachas.

Con la repentina conciencia de haber perdido a Naná hacía rato, Lorenzo se sumergió y buscó con la mirada a un lado y a otro. En ese momento recibió un puñetazo en la barriga. Naná le empujaba desde abajo desesperado por respirar.

Las dos cabezas aparecieron en la superficie del agua. La de Naná tomaba aire ansiosamente.

- Pero a qué juegas –le susurró Lorenzo.

El corro de chicas, en el que ellos ocupaban el núcleo, mantenía su posición nadando a brazas y los observaba en silencio. Una de ellas salía llorando de la piscina, sujetándose algo entre las piernas.

-Ha sido el gordito, seguro –reprobó alguien.

Naná salió también y se tumbó en el borde. Boca arriba, inspiraba grandes cantidades de aire.

- Pero qué ha pasado –preguntó Lorenzo enfadado, todavía en el agua.

Una de las chicas nadó hasta él y le confesó al oído:

- Nuestra amiga dice que alguien le ha agarrado muy fuerte de ahí, en el sitio, y que después le ha venido la regla.

- ¿La regla?

- Sí, su primera regla.

- Pero cuándo ha sido eso.

- Ahora mismo, cuando los dos estabais buceando. ¡Mira!

Un par de metros más allá, como si una servilleta de papel se estuviera deshaciendo en el agua, una bocanada de sangre se mezclaba en el líquido azul, todavía en movimiento por el juego que acababa de terminar.

{Todo esto sabíamos los encarcelados, los encarcelados libres. Pero lo cierto es que el juego acababa de empezar.}

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