Tartini en el Bar “Q” de Shibuya, por Ednodio Quintero

Fotógrafo: María Ríos. Cortesía de Ednodio Quintero

Fotógrafo: María Ríos. Cortesía de Ednodio Quintero

Publicado originalmente en Tiempo Universitario en julio de 2017.

(Texto leído durante la presentación del libro La fuga del maestro Tartini, de Ernesto Pérez Zúñiga, FILUC 2013)

El narrador Ednodio Quintero leyó este texto en la 14.a edición de Filuc (2013), durante la presentación del libro La fuga del maestro Tartini: “Siempre quise escribir un relato que diera cuenta de mi sueño con Beethoven y el astronauta, inspirado en la sonata de Tartini. Y para mi alegría y contento, aparece este regalo de Ernesto: su última y estupenda novela”.

1.

Mi primer encuentro con Giuseppe Tartini (1692-1770), el genial violinista del barroco italiano, tuvo lugar allá por 1983 en una ciudadela melómana del barroco tardío: Mérida, mi herida. En aquella década ochentosa, perdida para la literatura pero ganada para el ocio creativo que lanzaba ondas hacia un futuro incierto, pasaba yo las horas y los días escuchando música de rock, Pink Floyd y otras malas juntas, y la así llamada música clásica con predominio casi total del gran maestro Johann Sebastian Bach y sus cantatas magistrales. Por una de esas afortunadas coincidencias astrales unida a mi golosa curiosidad descubrí a Tartini, me fascinó su fáustica leyenda y caí en las redes de sus sonatas para violín, en particular “Il trillo del diavolo” y “Didone abbandonata”. En ellas encontraba resonancias del “demonio” que tantas veces me había tentado y de la infortunada amada de Eneas, que era apenas una muestra de mi desbordada pasión por la mitología grecorromana. Que un joven Tartini hubiera tenido un sueño con el diablo en el cual el Familiar, como lo llaman en el páramo de Trujillo, interpretó en el violín del atribulado soñador una melodía imposible, y que Tartini al despertar se hubiera visto en la alternativa de abandonar su prometedora carrera al sentir que nunca alcanzaría el grado de perfección de aquel señor venido de las tinieblas infernales, a mí me fascinó. En mi melomanía de aquella época, cada vez que salía al campo o a la selva en mis labores de Agrimensor —en mi particular y profesional puesta en escena de El castillo de Kafka—, llevaba conmigo un par de cajas con cintas grabadas para escuchar en mi walkman la música que me hacía soñar. Y una noche de aquel año, en el bosque nublado de La Azulita, embutido dentro de mi sleeping, me quedé dormido escuchando “Il trillo del diavolo” de Tartini. Ah, y tuve un sueño, señoras y señores, un sueño espectacular que nunca olvidaré. No soñé con el demonio ni tampoco con Tartini, soñé con un simpático astronauta, con maneras de homínido y rostro de Neandertal, venido de un planeta muy lejano, que me entregó un precioso presente: una pequeña escultura de un animal parecido a una danta, y para corresponder a su gesto le regalé un busto en miniatura de Beethoven. Apenas estoy esbozando un sueño que siempre me ha intrigado. Y ahora, treinta años después, encuentro en la estupenda novela de mi súper amigo Ernesto Pérez Zúñiga una frase que me da una primera pista para comprenderlo: “Pobre Giuseppe, acaba de nacer Beethoven” (p. 388).

 

 

2.

En noviembre de 1988, esta vez sin percibirlo a primera vista, tuve un segundo encuentro con Giuseppe Tartini, es decir con un trasunto suyo, quizá con su doppelgänger. En una plaza de Madrid conocí a Ernesto Pérez Zúñiga, un joven elegante en sus 27, vestido con un sobrio y gris plateado gabán inglés y un sombrero Borsalino. En lugar de un violín portaba un portafolio repleto de libros, y para despistar se dedicaba al noble arte de la edición. Por una de esas afortunadas afinidades electivas nos convertimos desde el primer momento en amigos, en Altos Panas, hasta el día de hoy. Hemos coincidido en Guadalajara, Chilangolandia, Mérida, Sevilla y Madrid en diversas y muy variadas circunstancias, compartiendo gustos, vinos y lecturas, disfrutando la alegría de vivir. Nuestro penúltimo encuentro se produjo el año pasado en la canícula de Tokio, la ciudad de mis amores, que también a Ernesto ha hechizado como si un cupido nipón lo hubiera herido con un dardo untado con el aceite de un pez llamada fugu. Subía yo cerca del amanecer por las escaleras de un antro subterráneo de Shibuya, llamado Bar Q, colgado del hombro finamente torneado y casi transparente, con textura de piel de cebolla capaz de producir escalofríos, de una chica deliciosa que acababa de conocer y que dijo llamarse Annabel Lee, una china recién llegada de Shangai, cuando vi entre la niebla vaporosa de mi embriaguez a Ernesto trajeado con su ligero gabán y su sombrero Borsalino. Recordé entonces que en su inolvidable viaje a Tokio mi amigo del alma había frecuentado aquel mítico bar, y entonces para que el hechizo no se rompiera opté por saludarlo ligeramente con una inclinación de mi Stetson y Ernesto me brindó una sonrisa cómplice.

 

3.

Dicen que a la tercera va la vencida. Siempre quise escribir un relato que diera cuenta de mi sueño con Beethoven y el astronauta, inspirado en la sonata de Tartini —inspirada en su sueño con el Enemigo Malo. Y para mi alegría y contento, aparece este regalo de Ernesto: su última y estupenda novela: La fuga del maestro Tartini. Será mucha la tinta que se derramará hablando de esta opera magna de Ernesto Pérez Zúñiga, muchos los tuits, las menciones en facebook, incontables los emails. Mi visión será (es), sin embargo, íntima y particular, y en ella se me hace difícil separar al autor —que en mi universo personal representa uno de mis personajes favoritos— del supuesto biografiado, el maestro Tartini. Para empezar, no estamos en presencia de una novela histórica al uso, aun cuando aparezcan incontables hechos cuya “realidad” se pudiera constatar. El autor se sumerge en un proyecto ambicioso y riesgoso en el cual lo estrictamente histórico es apenas la armazón o la excusa para exponer una teoría de la novela y llevarla a la práctica. La narración de los hechos, reales o imaginarios, resulta amena, rica en matices, salpicada de humor y erudición, con toques de picaresca, y es conducida como si se tratara de las verdaderas memorias de Tartini transcritas por uno de sus más fervientes admiradores… Pero… al mismo tiempo, en capítulos alternos aparece otra voz que va cuestionando lo escrito por Tartini, ampliando y matizando su testimonio. Y esta otra voz va adquiriendo protagonismo, y el lector que va entrando en el juego, en aquel “contrato” del que hablaba Cortázar —lanzado por el corredor del lenguaje, lo que hace que la novela se lea casi sin pausa—, el lector, digo, percibe que esa otra voz proviene del pacto fáustico que desde su juventud signara el destino del genial músico. Y así, cuando ya nos hemos familiarizado con el espíritu o demonio que contribuye a enriquecer la narración, y en cuya exposición no hay lugar para los límites pues su mirada todo lo abarca y su atributo principal como la de su contrario (a quien solemos llamar Dios) es la omnipresencia, caemos en la cuenta de que aquel demonio, al igual que los diablos que escucharon a Orfeo tocar su lira en el infierno, está enamorado de la música. Y por esa razón dedica toda su energía en proteger a su elegido: Giuseppe Tartini.

 

Confieso que disfruté como un macaco la lectura de La fuga del maestro Tartini. Devoré las 446 páginas en cinco días. El ejemplar quedó lleno de anotaciones y subrayados, que algún día comentaré in extenso con Ernesto. Viajé por Padua, donde saludé a San Antonio, patrono de las solteronas, desayuné en Pirano con la madre de Giuseppe, tan parecida a una mater dolorosa, en Venecia paseé en una góndola conducida por un monje loco disfrazado de arlequín, luego en Praga acompañé a Tartini en una de sus veladas con Mayerink (o quizá en una homónima creación: Meyrink, sí, el autor de El Golem, aunque esta inquietante novela no se escribiría hasta tres siglos después, pero esta licencia forma parte del juego atemporal de la novela de Pérez Zúñiga, una de sus estrategias narrativas), y en todas partes resonaban las melodías dulces, arrebatadas y dramáticas de Albinoni, Salieri, Vivaldi, Uffenbach, Veracini. En las habitaciones que compartieron durante años se escucha el violonchelo del virtuoso Antonio Vandini, su mejor amigo. “Los músicos, ángeles aprendices de hombres” (p. 324).

 

Aunque la primera juventud de Tartini está signada por su afición a la espada y la fuga de su nido paternal, muy pronto el espadachín dará paso al músico genial. Y su vida, expuesta en sus detalles más significativos en la novela de su alter ego Pérez Zúñiga, es un ejemplo de una existencia febril y aventurera, salpicada de eventos únicos, trágicos, cómicos, propios de su tiempo pero que a la larga nos resultan familiares. Desde sus amores a los 18 años con una chica tuerta hasta su pasión senil por una huérfana de apenas 13 años, sin olvidar su grande y controvertido amor de medio siglo por su esposa Elisabetta, la que merecía una sonata que nunca escribió: “Elisabetta abandonada”, que en compensación le puso los cuernos con su hermano arcipreste Antonio Tartini y con el otro Antonio, Vandini, su mejor amigo, el eros de Giuseppe se corresponde con la visión hedonista y gozosa de su biógrafo, aprendiz de santo: Ernesto Pérez Zúñiga.

 

Hay muchísimo más en esta novela para melómanos, filósofos y taxistas melancólicos: momentos de sublime poesía y de literatura pura, anécdotas divertidas y bizarras a montón, reflexiones, incursiones en el esoterismo astral, guiños a la modernidad y a la música contemporánea (Tom Waits, ¡Thelonius Monk!), toques de ironía, muestras palmarias de la madurez del autor como narrador, todo un universo de temas y motivos, aquello que hace de la novela un género único, singular. Pero no me voy a extender pues la idea de esta lectura es la de convocar a nuevos y múltiples lectores, aunque no puedo resistir la tentación de citar una frase hacia el final (p. 422) cuando el demonio o Ernesto, o el demonio Ernesto, da igual, dice, como resumen de la vida de Tartini: “Aparte de algunas sonatas, la amistad es el mejor de tus trabajos”. Y para cerrar, esta preciosidad que se puede leer como un autorretrato de Giuseppe Tartini o de Ernesto Pérez Zúñiga, da igual, el retrato de un artista: “…un animal andante y melancólico que se mira en un largo espejo (el espejo del tiempo, digo yo), consciente de su propia muerte, sin dejar por ello de caminar y de celebrar la belleza del mundo” (p. 359). Y así, aunque el anhelo fáustico no se extinga del todo, la vida como una oportunidad única y unánime de celebración se manifiesta en el arte, vale decir en la música de Tartini, vale decir en la novela de Ernesto.

 

Mérida, 6 de octubre de 2013.

 

 

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