Los onettianos

Artículo publicado en el número especial de Quimera dedicado a Juan Carlos Onetti en el mes de mayo: http://revistaquimera.com/2014/04/22/no-366-mayo-de-2014/

 

Los onettianos

Para Francisco Raya 

 

Vivíamos en Granada y estábamos saliendo de la adolescencia. Una buena parte de nuestra vida giraba en torno a los libros de Onetti, aunque quizá es más exacto precisar que giraba “dentro” de sus novelas. La primera que yo compré, en la librería más cercana al instituto donde estudiaba, fue Dejemos hablar al viento, atraído por su título. Onetti no aparecía en los libros de la escuela pero impuso su poder literario sobre los demás autores con suma facilidad. Los onettianos no sabíamos todavía que lo éramos pero, casi sin querer, empezamos a movernos como sus personajes.

Nos afectó primero en la forma de andar.

Estudiábamos quizá el último curso del bachillerato o la selectividad y aparcábamos los apuntes en un tiempo concreto de la noche, cuando el silencio nos rodeaba y la luz seguía encendida. Era un momento de máxima concentración cuando abríamos alguna de las novelas que nos habíamos intercambiado: Juntacadáveres, Los adioses. Las leíamos sin orden y sin atender a su fecha de publicación. El autor, supimos, estaba vivo y, al parecer, en Madrid, un lugar que nos resultaba más inaccesible que Santa María, porque nosotros visitábamos la ciudad de Onetti cada noche.

Esa fue la segunda gran influencia: la manera de estar en la madrugada.

En el primer año de facultad ya nos sabíamos decididamente onettianos. En esta conciencia radicaba nuestro desafío y nuestro talismán para caminar por los inhóspitos pasillos del mundo nuevo. Allí y en los bares de la ciudad nos rodeaban compañeros de otras órdenes: rockers, mods, heavys, hippies, pijos. Todos ellos se caracterizaban por una manera de vestir y un código ético. Eran grupos numerosos y evidentes. Nosotros éramos dos, tres a veces, cuatro en las mejores épocas; discretos pero firmes, convencidos de nuestra mejor categoría.

Vestíamos como Larssen y mirábamos la vida como Díaz Grey.

Entendíamos chaqueta, fular y sombrero como vestimenta natural. Pero, más importante que cualquier prenda, eran las botas con tacón de madera. Resultaba imprescindible sentirlas a las cuatro de la mañana, de regreso a casa, en calles vacías e iluminadas por las farolas, para imaginarse a Larssen en Santa María, taconeando, poniendo un paso detrás de otro y que estos incluyeran el sonido de un golpe: el tiempo de la literatura y de la vida, simultáneos, el aviso del péndulo sobre las aceras nocturnas de Granada.

Habíamos aprendido muy temprano la dicha de la infelicidad y de la escisión. En los bares, contentos de ser cómplices y no ser comprendidos, disfrutábamos de largas horas de barra en que las muchachas no se iban a acercar a nosotros. Era fundamental beber lento y degustando cierto desprecio del placer y del licor, asumir como inevitable la sospecha de los demás, que no encontraban en nosotros una conversación habitual. De la mente a la boca bajaba la música de una página recién leída. Éramos los onettianos, nos sabíamos onétticamente desdichados, en efecto, todo lo que nos rodeaba era un juego, divertido o no según la calidad de la farsa. Habíamos leído El astillero. Fracasar era un goce inevitable para nosotros, conscientes, iniciados, y más duro para todos aquellos que se habían reunido en el mismo bar sin atreverse a leer Bienvenido, Bob.  Y, por eso, había una empatía con cada debilidad ajena, una comprensión del solitario o del nervioso, condicionada a que no quisiera lucrarse con el papel que le había tocado en el reparto y, desde luego, a que no lo representara con fanatismo.

Enamorarse, no ser correspondido, regresar a casa sobre el paso sonoro de las botas bien enceradas, dejar atrás a los amigos deportistas que abrazaban a las chicas deseadas en silencio por nosotros (ellas nos miraban como al loco del tango), constituían hechos literarios y, por tanto, hermosos. Como a Nerval, nos arrastraba el sol de la melancolía, pero no lo sentíamos tan negro como él, digamos que tenía un radiante color gris-Onetti.

Nos creaba su lenguaje. Nos daba el ritmo de la imaginación; esas ganas de estar solos en las aceras después de haber dejado rotas todas nuestras expectativas en el suelo de un bar, como cáscaras de huevo. Taconeaba la manera en que Onetti construye su frase, pausada, sinuosa y larga, tenuamente tambaleante. Dirigía nuestros pasos una sintaxis rica y conocida (como las calles de Granada), dispuesta a mostrar presencias o ausencias inesperadas en portales, plazas y, cómo no, al fondo del callejón. Onetti adjetivaba nuestra mirada en los antros vibrantes de humo. Había que apartarlo para encontrar también el sustantivo preciso y despiadado que definía a los clientes más habituales. La ternura se encarnaba en el verbo. Estribaba en los modos mentales de la acción: comprender, simpatizar con los defectos comunes, saberlos propios, mirar lo oscuro con cierta preferencia y descubrir que, también allí o sobre todo, trataban de conjugarse los tiempos del amor.

Había en nosotros, muchachos sin veinte años, una brújula de personalidades ajenas. Al norte del pensamiento, Díaz Grey iba a proponer cualquier juicio sobre el mundo a través de nuestra boca. Al sur, el viejo Petrus movía su cabeza negándolo todo. Al este, Angélica Inés señalaba que quería seguir viviendo en los ojos de aquella compañera de facultad, tímida, lánguida, siempre sola en la cafetería. Al oeste, Larssen se seguía marchando en la barcaza del río.

Teníamos algo de Quijotes con chándal, todavía un día por semana, que jugábamos al fútbol o al baloncesto al final del siglo XX, o estudiábamos latín, hebreo, probábamos cómo nos sentaban los diferentes licores en el café favorito donde escuchábamos jazz, y luego nos agarrábamos a un libro de Onetti hasta el amanecer. Como el melancólico hidalgo, nos dejábamos llenar por sus personajes y, después de dormir el día, cuando nos maqueábamos para volver al bar, sabíamos que éramos distintos, quizá mejores que los rokers o los mods, decididamente mejores que los pijos, porque aquellos seres de ficción habitaban en nosotros y nos iban a indicar un gesto, una frase precisa, una tristeza luminosa.

Los onettianos teníamos nuestra ciudad propia, Santa María, que se encajaba en la nuestra durante los días de lluvia. La estatua de Brausen había aterrizado en la plaza de Bib-Rambla para coronar la fuente donde pena, bajo el agua, el círculo de atlantes. Las tiendas con más penumbra se llamaban colmados. Una atmósfera prostibularia se instauraba en cualquier bareto con barra de zinc. El río sonaba en alguna parte, amplio y definitivo, y algún día nos sacaría de aquella tierra. Santa María, ciudad invisible, alineaba los portales de sus edificios con la entradas de nuestras casas. Yo llamaba al timbre de mi mejor amigo, onettiano sin remedio, y lo esperaba con El astillero en la mano, que intercambiaría con él por un Cuando entonces, antes de comenzar nuestro paseo por la ciudad fundida, que sonaba mejor en el silencio, cuando los tacones de nuestras botas intercambiaban sus golpes de reloj.

En otros lugares habría personas como nosotros, también creadas por la escritura de Onetti. En Granada, probablemente. En Montevideo, seguro en Buenos Aires, indudable que alguna patearía el puerto diminuto de Gibraltar; en Madrid, allí debía de estar la mayoría, cerca del escritor. Y, aunque sabíamos que aún vivía, lo preferíamos impreciso, quizá porque no podíamos encajarlo dentro de nuestro mundo de ficción. La realidad que aceptábamos era su escritura, su imaginación encarnada en palabras, no el Onetti físico (y mítico) que las soñaba en su cuarto de la Avenida de América. Sin embargo, recibimos la publicación de Cuando ya no importe como algunos amigos el último disco de los Rolling. O de Nirvana. O de qué se yo.

No habíamos leído todavía La vida breve y, por tanto, desconocíamos el Génesis. En 1950 Onetti había inventado a Brausen, y este había inventado Santa María y a sus habitantes. Nosotros los conocimos cuarenta años después, cuando también ellos habían olvidado que eran seres de ficción, algo que sabían muy bien al principio, cuando erigieron la estatua en la ciudad con la plaqueta que decía: “Brausen, fundador”.

Los onettianos, en los 90, pasábamos bajo la estatua como un ciudadano más, sintiendo que era verdadera. Y, sin embargo, los personajes de Santa María, hijos conscientes de su invento, nos habían inventado a nosotros, sin intención por supuesto, a fuerza de nuestras lecturas, pero me gusta pensar que acaso estaban dejando correr la circunstancia de que ellos mismos eran fruto de una ocurrencia.

El viejo truco divino obraba de nuevo con fluidez y desapercibido. Alguien había escrito nuestros torpes pasos en el Paraíso, como Cervantes la casa solariega donde Alonso Quijano estaba creando dentro de sí al caballero don Quijote, página a página, instante a instante en líneas impresas de novelas de caballería. El hidalgo manchego, a lomos de su rocín, iba a decidir cada una de sus acciones según los fantásticos héroes de las aventuras recibidas. Yelmo  de Mambrino, arcaica armadura, el personaje desfilaba por la llanura manchega, como los onettianos por las calles de la provinciana Granada, chaqueta y fular, botas de Larssen.

No hay magia mayor. Algunos escritores son capaces de inventar universos tan poderosos que estos, existentes solo en la fusión de conciencias que implica la lectura, crean habitantes dentro de los lectores: brumosas personalidades que se activan para influir en nuestros comportamientos y decisiones en cualquier momento de la vida. Somos los otros, como quería Rimbaud, y también hijos de entremezcladas imaginaciones. Las corrientes de nuestros actos crean una realidad acompañada de todo lo que hicieron y pensaron nuestras ficciones favoritas.

Los onettianos, veinte años atrás, no éramos conscientes de este engranaje del mundo. Simplemente disfrutábamos de vivir impulsados por el aire mentiroso y lúcido de Santa María. Caminaríamos una madrugada más insistiendo en escuchar el lento taconeo de Larsen. No tendríamos una harley davidson, un descapotable, aros en las orejas ni el estómago tatuado, nunca un lacoste: solo libros en las manos. Cuando se habían quedado en casa, invisibles seguían hablando desde dentro.

Ernesto Pérez Zúñiga