Así comienza El juego del mono de Ernesto Pérez Zúñiga

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Cuando alquilé aquella casa comencé a soñar con monos. Ésta es la
única frase que he conseguido escribir. Una rara fuerza se ha
conjurado para impedírmelo. Hace dos noches soñé que no tenía que
hacerlo. Un gran maestro, Onetti, me avisaba de que era
innecesario: iba a estropear la historia que encontré de tan
extraño modo. Mal presagio que ahora continúa en el avión donde
viajo rumbo a cualquier parte. Yo, Montenegro el desventurado,
sigo huyendo desde que logré escapar.

Decidido a no permitir que todo se olvidase, guardé en la
bolsa mi viejo portátil. Y justo ahora, cuando he ido a rescatarlo
bajo el asiento del avión, me he encontrado con su ausencia, con
que lo he abandonado a su suerte después de que cruzara soñoliento
el escáner del control sobre la cinta transportadora. Sigue leyendo

Entrevista en Nostromo, con Ignacio Vidal-Folch

Entrevista con Ignacio Vidal-Folch en Nostromo

Nostromo – R. Piglia, E. Pérez Zúñiga, F. Aramburu y E. Dobry

11 jul 2011

En Nostromo no queríamos dejar pasar la oportunidad de charlar esta temporada con tres de los mejores escritores en lengua española y un gran poeta. Nos referimos a Ricardo Piglia, Fernando Aramburu, Ernesto Pérez Zúñiga y Edgardo Dobry.

Fernando Aramburu inició su andadura literaria desde la poesía; pero la publicación de su primera novela, Fuegos con limón, en 1996, lo reveló como un narrador extraordinario.

Ernesto Pérez Zúñiga, con tres novelas publicadas en breve tiempo, ha demostrado ser uno de los más originales y turbadores narradores españoles de hoy. Su última novela, El juego del Mono, es deudora de la estética de Poe y de los experimentos metaliterarios.

Con su última novela, Blanco Nocturno, Ricardo Piglia ha sido galardonado con los premios de la Crítica y el Rómulo Gallegos. Pocos autores reúnen la doble faceta de creadores de ficción y estudiosos de la literatura. Piglia forma parte de ese grupo, convirtiéndose en una voz imprescindible en el panorama literario internacional.

Al final del programa Eduard Escoffet entrevista al poeta Edgardo Dobry.

José Eduardo Tornay sobre “El juego del mono”

“(…) Precisamente leí la última novela de Ernesto Pérez Zúñiga, quien fuera profesor de literatura en La Línea hace unos años. Se llama El juego del mono, la ha publicado Alianza Editorial y, si están ustedes interesados en leerse un novela apasionante, imaginativa, a la vez realista y onírica y que trascurra en la misma tierra que pisan, ya están tardando en hacerse con un ejemplar.

Montenegro, el protagonista, es precisamente un profesor que navega entre el desinterés de sus alumnos linenses, el contacto con la delincuencia local, el sexo urgente con una compañera de claustro, el deseo prohibido por una alumna quinceañera y el escrutinio de su propia existencia que, como todo lo que le rodea, naufraga.

La frontera, totalmente permeable en la novela, actúa como un filtro que al ser atravesado deposita al protagonista en distintos planos de la existencia, como la trampilla que condujera a un sótano en que fuera posible disfrazarse alternativamente de secuestrador enmascarado y de secuestrado insomne. En la novela hay drogas y mucho alcohol, mucho bourbon. Los monos de Gibraltar, presentes desde el título del libro, son un símbolo que los buenos lectores sabrán interpretar y se emborrachan con tanta frecuencia como los humanos, para eso son nuestros primos hermanos.

Hay, también, el rastro de un muerto y la sombra de una mujer, Sherezade o la Mujer de la Máscara, un manuscrito encontrado por azar y un vaivén continuo a bordo de un Ford Fiesta vetusto entre La Línea, Gibraltar, la playa de Levante y un pueblo innominado al que yo he querido identificar con San Roque. Buena prosa, imágenes insólitas y un argumento al que el lector activo tendrá que añadirle lo que le falte.”

Texto completo en:

http://www.apuntanoticias.com/apuntaguia/index.php?option=com_k2&view=item&id=84%3Anatalia-d%C3%ADaz-está-leyendo&Itemid=71

Juan Ángel Juristo sobre “El juego del Mono”, en ABC Cultural.

“Con El juego del mono, el autor vuelve a encerrarnos en un universo extraño, opresivo, donde las tensiones provienen de un contraste violentamente establecido desde el comienzo”

“De esa investigación y de la inmersión en el mundo de la marginación trata este bello libro que se nos presenta como una metáfora salvífica del poder del arte, de la literatura como transformación del mundo, de la visión del hombre ante las cosas. Ese acierto en narrar la frontera entre lo que constituye la ficción y la realidad es la clave de la excelencia de esta novela.”

abc cultural

Huerto cerrado. Blanca Riestra sobre “El juego del mono”.

El juego del mono es una novela extraña. En ella, Ernesto Pérez Zúñiga confirma lo que para él es escribir: quemar las naves y volver a empezar, sin aceptar fórmulas, sin acogerse a géneros ni capillas. Escribir a pecho descubierto, cada vez desde cero. Echarse al monte. Todas sus novelas han sido novelas únicas, todas implicaban un riesgo distinto cada una.

El juego del mono, a pesar de estar trufado de homenajes a autores concretos, sobre todo Onetti –inevitable ver ecos de Santa María en Gibraltar-, Valle, Nabokov… desde luego, es una novela que no se parece a ninguna. Siendo contemporánea, no cede en ningún momento a las pequeñas trampas simplificadoras que la contemporaneidad nos ofrece, sino que, como ha dicho un crítico recientemente, vehicula una “extraña pureza”.

Sorprende primero una prosa limpia y dura, esculpida al cincel, de deuda poética. Una prosa  que funciona perfectamente como contrapunto a  un paisaje andaluz, fronterizo, simbólico, y que es casi como cante jondo, esencial, hiriente. Después, llama la atención la particular estructura de muñecas rusas, historia dentro de otra historia, que todo a lo largo de la novela aparece como un calco invertido de unas Mil y una noches, donde el carcelero sería Sherezade y Montenegro el prisionero  condenado a entretener a su verdugo.  Además,  la estructura del Juego del mono evoca, para mí, inevitablemente, la confección de las primeras novelas de origen oriental en nuestra lengua. Pienso en el conde Nicanor y pienso en la culminación de esta tendencia que fue el Quijote. Yéndonos a otros pagos, están en el Decamerón, Gargantúa y Pantagruel, los Cuentos de Canterbury… Una novela, pues, hecha de opúsculos donde un narrador refleja la voz de otro narrador y este a su vez a otro. Este juego, y es que en esta novela todo es juego, contribuye a distorsionar las fronteras de la realidad y la ficción y funciona en sí mismo como un poderoso artefacto de “mise en abîme”.

En El juego del mono, la trama no es estática en absoluto, sino que, en su celeridad, tiene toques de novela negra. Se trata de una historia de descenso, o quizás de dos historias de descenso que se reflejan la una a la otra, como en un espejo. Pero aún así, la acción no es más que el antifaz de otra cosa. Y es que cuando uno cierra el libro y se quita las gafas, es inevitable pensar que estamos ante una novela de acción que en el fondo es alegórica. Es como si en ella  las imágenes establecieran un diálogo destinado a explorar una oscuridad tan cerrada como la esquina negra de la bodega del mono, adonde los últimos rayos de luz del jardín apenas llegan.

Todo es simbólico, pues, y todo es tentativo. Pienso en el diálogo indirecto que se establece entre la carcelera y el prisionero, donde, éste trata de rodear mediante la escritura algo inexpresable, infructuosamente, una y otra vez, y al mismo tiempo, adivinar o sondear cuál es la intención, los pensamientos, los deseos de la temible Sherezade enmascarada.

Pero ¿imágenes de qué? Pues, sobre todo de en qué consiste la existencia y en qué consiste escribir. Porque,  ¿qué es la  vida –permítanme la licencia barroca – más que la reclusión sin razón aparente en una cárcel? ¿Y qué hace el escritor sino seguir la órdenes de un diosecillo cruel que le ordena que explique lo inexplicable, que convierta  su bajeza, su animalidad, su desesperación en palabras?  Montenegro evoca a  Murakami, como patrón de su santo encierro, y es cierto que Murakami es experto en este tipo de personajes confinados en subterráneos absurdos. Pero forzoso es también pensar en el mito de la Caverna, o en el Segismundo de la Vida es sueño o en el pobre Calibán de la Tempestad y preguntarnos con ellos cuales son los límites entre el sueño y la vigilia.

Todos los nombres son simbólicos: Montenegro –sombrío eco del protagonista de las Comedias bárbaras de Valle, de quien hereda su brutalidad y su conciencia- , La chica de la Nariz, la niña de la Ducha. Hasta  La línea de la concepción parece traernos resonancias de otras cosas. El lenguaje y los nombres nos dan pistas, remiten a una mitología primera  y siembran a veces el desconcierto.

Otro hallazgo muy afortunado, a mi parecer, es la utilización del espacio. El juego del mono manipula el espacio al máximo como estrategia expresiva. Lo cual apuntala algo que ya sabíamos,  la intuición de que toda novela no es más que territorio acotado a base de palabras, un laberinto, un recinto voluntariamente desdibujado o definido, con su correspondencia mental  en nuestros momentos de ensoñación o de desvelo. La novela es espacio edificado.

El juego del mono habla, en fin,  sobre la creación, sobre la impotencia, sobre los agobiantes espacios interiores del espíritu. Pero también sobre la vida como prisión y como deslumbramiento. Porque nada es tan hermoso ni tan bello como el jardín, el huerto cerrado, vislumbrado apenas desde el sótano.

Culturamas.

“El juego del mono”, por Doménico Chiappe.

En El juego del mono, un profesor de literatura se muda a Algeciras para dar clases en un colegio público. Conoce a los habitantes, algunos contrabandistas, y visita el peñón de Gibraltar de vez en cuando, como forma de escape y recreación. Ahí secuestrará a un mono, de los que roban y divierten a los turistas (él, uno más), y lo encerrará en el sótano de su casa alquilada, en cuya cercanía apareció un cadáver y donde aparecerá un manuscrito. En esta narración hay tres rasgos propios del autor:
1) El ambiente cotidiano y sin embargo opresivo. De ahí que la primera mención, de las muchas que se encuentran en la novela, sea para Onetti.
2) La delimitación temporal en el hoy, el aquí, el ahora, y no obstante la universalidad de los personajes.
3) Los personajes, tan habituales, tan del vecindario, pero descubiertos en un mundo íntimo que deja entrever la mediocridad de sus habilidades, la impotencia de encontrarse sin salidas, atrapados en un laberinto de setos que no son más que la realidad y las circunstancias propias.
Como advertencia al lector, una línea: «Cuando alquilé aquella casa comencé a soñar con monos». Lo real y lo onírico fluyen como el traspaso de una frontera física (Algeciras) a otra (Gibraltar). O como el paso del bajo de la casa al sótano. La pequeña tragedia diaria del profesor se cuenta con una estructura de matrioshka, muñeca que abre su panza en la página 113, con el capítulo “La historia que me contó el mono”. En ese momento, la narración principal, la de este profesor incómodo aunque apoltronado, cede ante un manuscrito encontrado en el sótano de la casa de Algeciras, donde está prisionero el primate de Gibraltar.
Lo que “cuenta el mono” pertenece a otro prisionero: un hombre en medio de la naturaleza, con lo que se establece una paradoja, porque el mono residente en el sótano es otro prisionero pero en medio de la ciudad. Dos rehenes o uno solo. O, quizás, el futuro del profesor. La incertidumbre del lector juega un rol de tensión en toda la trama. «No entiendo este juego. Entiendo que encerrarme es un acto en extremo cruel, en extremo inexplicable», dice el narrador. Otra paradoja: el secuestrado que narra esta segunda parte debe aprender a escribir, mientras que quien lo lee, un profesor de literatura, debe enseñar a leer.
El prisionero del manuscrito enloquece bajo el yugo de La Mujer del Jardín y, mientras lee este legado, el narrador-protagonista, recorre un camino similar. Este tránsito, el de la locura, el que ocupa la última parte de la novela, “La Mujer de la Máscara, La Chica de la Nariz, La Niña de la Ducha”, se atraviesa de manera minuciosa, oscura, nebulosa. Con saña, con lentitud, se camina por una cuesta que lleva a lo terrible, hacia una cima de zoofilia (mujer-perro / hombre-mono / mujer-mono), contada con elegancia, repleta de silencios esclarecedores, de la que el protagonista solo se precipitará al vacío, como si cumpliera una sentencia, una predestinación.

La Tormenta en un vaso.