Migajas en el ombligo, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País

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Artículo de opinión escrito por Ernesto Pérez Zúñiga y publicado el 2 de diciembre de 2017 en Tribuna de El País.

Nos hemos olvidado del otro. La crisis catalana es una demostración más de cómo gran parte de la civilización occidental solo se mira a sí misma. Los problemas nacionalistas en Europa hoy son una enfermedad del ombligo, y ver a tanta gente desgañitándose en la calle y en las redes por un problema tan pequeño produce un ácido sonrojo. A veces da vergüenza pertenecer a esta zona del mundo, contra cuyos muros y en cuyos mares mueren tantas personas del Sur. Vienen con su identidad, lengua y cultura, porque necesitan de la nuestra (la sociedad opulenta y democrática) para tratar de desarrollar, con un esfuerzo ingente, lo que aquí asumimos como normal: tener un oficio, lavarse con agua caliente, comer tres veces al día. Ellos, los que aguardan junto a la Valla de Melilla, comen lo que encuentran en la basura. Y, si han conseguido pasar, venden también lo que encuentran en la basura. Sigue leyendo

“Que el valor sin libertad no vale nada….” Fragmento de No cantaremos en tierra de extraños

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Mi padre me traía aquí de pequeño para enseñarme los santuarios carlistas. Conozco bien el paso de la frontera porque ésta fue la ruta que utilizó Carlos VII para entrar
en España, por Zugarramurdi. Si no fuera por él, ahora mismo estaríamos congelados en los Pirineos aragoneses. Sucedió el 16 de julio de 1873, fecha que me hizo repetir mi padre cien veces mientras subíamos a Peña Plata, donde estuvo nuestro rey aquel día, día de la Virgen del Carmen. El rey que no fue; la Virgen a la que no supe seguir rezando tres avemarías más allá de los catorce años. Mi vida ha sido siempre un no poder ser, un no encajar en ningún lado, un luchar contra todo, ganando batallas y perdiendo cada guerra definitiva salvo la de hacer lo que yo creyera conveniente. Eso también me lo enseñó mi padre, al que llamaban, en su juventud, Cara de Plata, como a la Peña pero no por ella, sino porque era el más guapo de sus hermanos. Él me tuvo con más de cuarenta años, y se entretenía en probar su corazón llevándome a andar por todos estos montes. «Hay que ser sólido y no líquido –solía decirme en la cumbre–, cuando sientas miedo te tienes que convertir en montaña.» Después de la tercera guerra carlista, se había quedado a vivir en Estella, que fue la última corte del rey. Allí conoció a mi madre, que era de Urdax, un pueblecito a una hora de aquí, donde pasábamos los veranos y las navidades. De allí veníamos caminando muchas veces y él, cada vez que salíamos, trataba de probar mi valor. Eso nunca lo aprendió mi padre. Que el valor sin libertad no vale nada.

“El oro del mundo”, por Ernesto Pérez Zúñiga sobre América, de Manuel Vilas

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Ernesto Pérez Zúñiga escribió una reseña de América, de Manuel Vilas. 2017. Fue publicada originalmente en la web de Cuadernos Hispanoamericanos.

La escritura de Manuel Vilas es un personaje, más allá de que sea también una escritura. Un personaje que podemos reconocer por una serie de rasgos que lo hacen reconocible en cada libro que escribe, con independencia del género. Se trata, en mi lectura, de un lenguaje desenfadado y trasparente, empático pero irónico, rico en humor y en tragedia, insumiso y honesto al mismo tiempo, y traspasado por una respiración bíblica pero roquera, sacra pero popular, profética pero civil, versicular también en prosa, discursiva también en verso.

Estas paradojas están presentes tanto en sus libros de poemas como en sus novelas, y también en este libro de viajes, América, dividido en los capítulos correspondientes a las ciudades que el autor va visitando. Son quince ciudades de Estados Unidos, más la ciudad de Panamá, incluida por un viaje casual del poeta en la misma época en la que escribe, o como contraste hispánico, o porque «los absurdos rascacielos de Panamá» remiten a los de Nueva York. Sigue leyendo

Así comienza El juego del mono de Ernesto Pérez Zúñiga

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Cuando alquilé aquella casa comencé a soñar con monos. Ésta es la
única frase que he conseguido escribir. Una rara fuerza se ha
conjurado para impedírmelo. Hace dos noches soñé que no tenía que
hacerlo. Un gran maestro, Onetti, me avisaba de que era
innecesario: iba a estropear la historia que encontré de tan
extraño modo. Mal presagio que ahora continúa en el avión donde
viajo rumbo a cualquier parte. Yo, Montenegro el desventurado,
sigo huyendo desde que logré escapar.

Decidido a no permitir que todo se olvidase, guardé en la
bolsa mi viejo portátil. Y justo ahora, cuando he ido a rescatarlo
bajo el asiento del avión, me he encontrado con su ausencia, con
que lo he abandonado a su suerte después de que cruzara soñoliento
el escáner del control sobre la cinta transportadora. Sigue leyendo

Poemas de Calles para un pez luna

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Carta flotante n.º 1

 Gotas lentas, sordas lentas,

quietas gotas, golpes raros

de tu nombre en mi tejado.

 

Tu mirada en cada esquina.

Un arder de callejones

es mi cama. Raros golpes.

 

Quietas gotas en mi boca,

gotas lentas. Si te llamo

una trampa es el pasado.

 

La mirada es sorda y lenta.

Cuánto fuiste. Te he perdido.

Yo soy mi peor castigo. Sigue leyendo

El absoluto, por Ernesto Pérez Zúñiga en El País Opinión

Eulogia Merle

Eulogia Merle

Artículo publicado originalmente en El País el 30 de septiembre de 2017.

“La vida es corta para todo conocimiento, pero quizás sea suficiente para saber”, dice Juan Malpartida en su novela Camino de casa. Hay demasiadas personas que, sin embargo, creen que tienen ya todo el conocimiento necesario. Creen poseer la verdad y, por tanto, saben poco o saben nada.

El rey absolutista, el que pensaba que su poder no tenía otro límite que el divino, no supo jamás que el lema que seguiría siendo válido siglos más tarde sería el que precisamente nació contra él: libertad, igualdad, fraternidad, tres palabras que, frente a todo pronóstico, siguen siendo revolucionarias hoy en día. Porque son incompatibles con lo absoluto.

El absoluto fue reivindicado por reyes y teólogos.

El absoluto ha enamorado a muchos poetas.

Del absoluto se colgaron multitud de filósofos, hasta que Einstein lo rebatió por completo. Sigue leyendo

Fragmento de No cantaremos en tierra de extraños

 

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«Ese viaje debe ser el más penoso de todos cuando significa destierro –dijo Corbeau–. Tú debes saberlo. Y allí, cuando los prisioneros miraban el agua, la única que podía huir, uno de los soldados babilonios se les acercó diciendo: Músicos, cantad uno de los cantos de vuestro pueblo. Entonces ellos se levantaron y colgaron las arpas en los sauces que había junto a la orilla. Y dijeron: No cantaremos a Dios en tierra de extraños. Y después se mordieron los pulgares hasta romperlos, para que nadie en adelante pudiera obligarlos a tañer sus instrumentos. Porque cantar sería poner lo mejor de cada uno en el centro del castigo, reconciliarse con la tierra extranjera que uno se ve obligado a pisar, amar un solo instante la necesidad de sobrevivir y el propio exilio. Lo que tú has hecho. Ellos dijeron: No cantaremos hasta que volvamos a Jerusalén. Sin embargo tú cantas, Manuel, tú no quieres regresar a España. Quédate conmigo. Necesito ayuda para volver a abrir el cine de mi pueblo, Saverdun».

–Cuando un hombre se vende a sí mismo, vende todo de sí mismo –dijo Howard.

Incluso lo sabían los cheyenes de aquella novela que leía el americano, al igual que los prisioneros de Babilonia, todos menos él, él sólo se sabía la canción:

Si yo mientras viviere, de ti, Jerusalén, no me acordare, y doquiera que fuere, tu ausencia no llorare, olvídeme de mí, si te olvidare.

Aquella letra vivía dentro de Manuel, pero él nunca había vivido conforme a la letra. Había vendido todo de sí mismo.

Poemas publicados en Cuadernos del hábito oscuro

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Plegaria del amante solo que pide ser devorado por otro

Congela mi carne

virgen de la ausencia

en invernaderos

de rojas neveras

La  noche está viva

La cama está muerta

Cuerpo a cuerpo

Yo recibí a mi amor cuando empezó tu guerra

Yo destapé las sábanas para  mi amada cuando ladró vuestra ciudad

con una  bomba  a  punto de explotarle en la boca

Yo

-pura  invención de  su regreso-

por fin mordí  su cuello

y pesqué  sus  pezones  con mis  dientes

mientras  huías

entre  ruinas  de  muertos  que  alzan alguna  sola  vez  los  brazos

para  atrapar la  vida.

Yo entrecerré  los  ojos  cerré  los  ojos cuando

ella  cerró los  ojos  entrecerró los  ojos

Vibraban sus  caderas  y sus  senos y vibraba  la  tierra  y rincones  del  aire  y el

mismo fuego

vibraba  dentro de  las  pieles  como un tambor

cuando un disparo reventó tu cráneo

Dormir  sobre  el  espejo

Volverán los  sueños  huracán tu noche

despertarás  solo

despertarás  solo

con lo que  has  querido ser y ya  no has  sido

Definición de  un objeto

No es extorsión televisiva de  los sueldos

No es la cómoda  balsa  en la  que  el  cuerpo descansa  en mitad del  río

avanzando imperceptiblemente  hacia  las  cascadas  negras

Un colchón es  la  materia  blanda                        

En la  que  te  vi  morir

Un colchón es  la  pradera  y el  otoño

donde  yo rodé

enlazada  a  tu cintura.

Un colchón es  éste  que  empujo fuera  de  casa

con la  ayuda  de  mi  padre                                                       

para  no encontrarme  más  con tu olor ni  con la  sombra  de  tu peso.